miércoles, 2 de marzo de 2016

Últimamente XVII.

"Cuanto más nos civilizamos y más sofisticados nos hacemos, más nos alejamos de nuestra propia naturaleza". Esto era lo que pensaba últimamente. Terminó de enrollar el cigarro cargado de aturdidor y lo encendió. Mientras hacía esto pensaba en que si arrimaba a la nariz de sus gatos cualquier olor procedente de su cuerpo, no huían, como mucho le dedicaban una mirada adormecida y placentera o quizá, si se encontraban un poco menos aletargados, mostraban un poco más de interés moviendo el hocico cadenciosamente. Sin embargo, si se le ocurría aproximarles cualquier sustancia relacionada con la sanidad y la higiene que en la edad contemporánea se asocia con la conducta del saludable y pulcro ser humano, corrían despavoridos antes incluso de que estuviese a un brazo de distancia. Era curioso cómo la naturaleza se acepta así misma, mientras que el subser humano, por naturaleza, tendía a rechazarla. En ese momento pensó que entonces, por qué iba a tener que avergonzarse cuando a él le atraían los olores primarios, básicos e instintivos. Si se le ocurriese decir en público que le gustaba el olor que el fluido emergente de entre las piernas de la persona que le gustaba le atraía y le deleitaba, y que por eso no quería lavarse, sería repudiado, levantaría repugnancia entre los infraseres que le rodeasen. Y no se quería lavar porque ese olor le recordaba a un momento que querría repetir en bucle sin parar. Parece ser que de los sentimientos, de las pasiones, de todo aquello que es bonito, sólo se puede hablar con sutilezas, con eufemismos que adornan la sencillez y la crudeza de la naturaleza. Pues no, follar es muy bonito, pero huele. Y es un olor atractivo. Claro que es atractivo. Dio la última calada a la nebulosa de su entendimiento y concluyó que ojalá fuese gato para poder lavarse con su propia lengua sin tener que avergonzarse.

No hay comentarios: