martes, 8 de marzo de 2016

Plegaria de un moribundo.

Se encontraba suspendido en una cruz de madera. Unos clavos le sujetaban con fuerza de pies y manos. Cada gramo de su cuerpo le dolía como cien kilos. Tenía la barbilla pegada al pecho. Tan cabizbajo como se lo permitía su cuello. Condenado por nada. Hilos de saliva se desprendían lánguidos de sus labios. Su nariz lloraba lo que sus ojos ya no podían. Levantó como pudo la cabeza. Expresión demacrada y triste. Resignada y llorosa. El estómago le pinchaba y le ahogaba como si una corona de espinas se le estuviese enroscando por dentro. Miró a los cuervos y los buitres que le sobrevolaban. Que se habían posado sobre el tablón atravesado en el que sus manos se encontraban clavadas. Imploró. Los llamó. Les suplicó. Llamó a la muerte. No quería seguir en ese estado. Por favor, devoradme ya. Alimentaros de mis ojos, de la desnutrida carne de mis costillas. Abridme el estómago y quitádmelo. Sacadlo de ahí. Me está matando. Me asfixia. Por favor, arrancádmelo. Haced que me quede sin sangre. No me dejéis vivir así. Quiero dejar de pensar. Las benévolas aves carroñeras complacieron sus deseos y comenzaron a pellizcarle con sus picos. Cada picotazo era un remordimiento menos. Un pensamiento que dejaba de torturarle. Un recuerdo opresor borrado. Miró todo cuanto pudo hacia su interior y le dio las gracias a la muerte.

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