sábado, 5 de marzo de 2016

No ha dado tiempo.

No me ha dado tiempo a grabarte en mis retinas. A tatuarte en mis pituitarias. No me ha dado tiempo a guardarte en todas y cada una de las arrugas de mis manos para que cuando una gitana las lea me diga que hubo alguien que hizo mella. Sin embargo ha sido suficiente para demacrarme. Para que me mire en el espejo y por primera vez en la vida sea consciente de mi edad real e incluso me vea viejo. Suficiente para darme cuenta de que he vivido treinta y dos años sin ti y he sido capaz, y para darme cuenta de que habiendo estado contigo sólo dos meses, el resto de mi vida se va a eternizar sin ti. No me ha dado tiempo a vivir todo lo que me había imaginado contigo. Estoy seguro de que sin salir de viaje romántico a París o Disneylandia, sin salir de los cuarenta por ochenta centímetros de mi cama, haciendo nudos con las piernas y con nuestras lenguas recorriéndonos por todos nuestros recovecos, habríamos sido todo. No habríamos echado nada en falta ni de menos. Y sé que repetiríamos siempre, hasta que la muerte nos separase. Hasta que nos separase de verdad. Pero no me ha dado tiempo a vivirlo. Ahora noto que me sobra tiempo. Me sobra vida. Me sobra todo el espacio que no llenas y todo el tiempo que no estás conmigo. No me ha dado tiempo a vivirte. No ha dado tiempo a nada, salvo a que me acostumbre a ti.

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