jueves, 24 de marzo de 2016

La realidad.

Repasas con nostalgia todo lo que ves en tu cuarto de tu infancia. Y ves ciertas cosas que te dejan ver lo que no viste en la edad contemporánea a aquella edad. Entonces te das cuenta. Tu padre era un alma encadenada. Un alma no libre. Tu madre le subyugaba y le sugestionaba de tal manera que hasta que no desapareció, nadie se dio cuenta. No quieres acabar así. Sin embargo, a tu alrededor ves a todos así. Ves que todos van a acabar así. Y también ves que todas van a acabar así. Ellos siendo unos pringados sin voluntad, ellas siendo unas tiranas. Ellas sometiéndose a la voluntad de él y ellos siendo unos autoritaristas. Eso es lo que ves. Se merecen, ellos a ellas y ellas a ellos. Se merecen comerse el cerebro recíprocamente como se lo comen, y como se lo comerán cuando se casen y cuando tengan hijos. Porque se casarán y tendrán hijos. Aunque digan que no y que no es el siguiente paso. Aún así lo harán. Se casarán y tendrán hijos. Y en cada etapa de esas se justificarán de alguna manera que socialmente todo el mundo acepte. Todo el mundo salvo tú. Y entonces dictarás su condena bajo tus leyes. Dictarás su pena de muerte en tu cabeza. Sin darse cuenta se contradicen a sí mismos al cabo de unos meses. Lo que decían que no harían, lo hacen. Supuestamente en el nombre del amor, porque si no dan a entender eso, tendrían que rendir cuentas ante la verdad y tendrían que desdecirse. Asco. Lo que te produce esa gente y su boda y su descendencia no nata o nata, es asco y rencor. Horror y rabia. Esa falsedad con la que ejecutan su sagrado sacramento y su bienaventurada concepción, te da arcadas y despierta tus más psicópatas instintos. Tú no crees en ello, sin embargo lo respetas más. Si Dios existiese no aceptaría ninguno o casi ninguno de los casamientos que se producen alrededor. Ni siquiera bendeciría esos nacimientos que sólo representan el paso número tres en la sucesión de sus vidas. Los rechazaría. Les pediría, por favor, que decidiesen por sí mismos. Pero da igual. La realidad es que, aunque crean en su Dios o no, lo que van a hacer es lo que la Verdad les exige.

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