miércoles, 23 de marzo de 2016

Desaparecer.

Venas que arrastran sangre incolora. Descolorida por todo. Venas que conducen el dolor hasta todos los rincones del ser. Un diluvio de emociones y sentimientos que han caído torrencialmente y han calado hasta la médula de los huesos. Que han dejado unos charcos oscuros y sucios. Una mezcla de lo que fuese puro, idílico, transparente y perfecto, está ahora opaco, contaminado, mugriento y desaliñado. La desesperación consume como la peste todo a su paso. La ilusión es un vago recuerdo muy lejano, borroso. Algo para lo que ya no se está preparado para disfrutar. Cuando la vida ha obligado a avanzar tanto que no se quiere ni se necesita seguir cogiendo experiencia. La vejez ha alcanzado el presente. Las ganas de que toda motivación radique en sentarse en un banco y ver las obras y a la gente pasar ha llegado prematuramente. Las ganas de dejar de tener ganas de nada, de no encontrar emoción en absolutamente nada han hecho su nido en todas y cada una de las esquinas. La droga se extiende y entorpece los movimientos. Los pensamientos. El pecho duele. Duele por el humo. Y duele sobretodo por todo lo que podría haber sido y no lo va a ser nunca. Se escucha el eco de una risa siniestra. ¿El azar? ¿La suerte? ¿Algún dios? Quién se está riendo. Quién no deja de estar jugando a ver hasta dónde puede uno aguantar. Dónde está su límite. La vida empuja hacia adelante. Aplasta contra el aire que hay enfrente. Llena los pulmones de agonía y el estómago de arcadas. Llena de ansiedad y angustia. Desaparecer. Desaparecer es lo único que se desea. Lo único que puede hacer desaparecer esas sensaciones. Lo único que puede hacer que desaparezcan los instintos básicos de querer ser feliz. De querer encontrar un sentido a algo. Desaparecer es lo único que se anhela. Desaparece.

No hay comentarios: