lunes, 7 de marzo de 2016

Cuestión de pasos.

Escuchó el sonido metálico de la llave en la cerradura. No había dormido en toda la noche. Le sacaron de la celda y le metieron en una fila formada por otros tantos presos cuyo destino era el patíbulo. Se había resignado hacía poco, muy poco. Mientras los conducían por los pasillos de los calabozos oía los sollozos de los demás presos que formaban en fila. Le habría gustado ir solo, claro, que también le habría gustado no estar en esa fila. Se concentró en sí mismo. Iba contando los pasos que había desde su celda. Salieron al patio. Allí se congregaba una suerte de despreciables seres indolentes que iban a saciar sus mórbidas necesidades. Él seguía contando los pasos cabizbajo. Los detuvieron en un momento dado y subieron al primero. Él estaba el segundo. Le habría gustado ser el primero, claro, que también le habría gustado no estar ahí. El pobre hombre gritaba, lloraba y suplicaba. Se resistía a avanzar. Mientras eso sucedía, él pensaba en que solamente unos pasos más le separaban de aquella hacha. Aquel hombre invocó a su madre, la llamó varias veces. Él podía sentir su agonía, la agonía de estar a punto de morir y saberlo. Le entendía perfectamente. Era extraño pensar que ahora respiraba, algo tan sencillo como eso, y que dentro de un hachazo ya no. Todo habría terminado. Dejaría de poder tomar decisiones. Estaba tan cerca. Por fin consiguieron someter al pobre desgraciado y de rodillas se quedó implorando en susurros humedecidos por la saliva que se le escapaba viscosa de la boca cualquier sin sentido. Vio cómo el verdugo levantaba el hacha y la bajaba con un movimiento y un sentimiento rutinarios. Ya estaba. Era cuestión de pasos. ¿Quince? ¿Veinte? Daba igual, en cuestión de unos pocos pasos todo dejaría de estar para él. Le agarraron y le subieron. Se dejó. Cada paso que contaba le acercaba un poco más. Se puso de rodillas y apoyó la cabeza en el tronco de madera. Dieciséis pasos había contado. Dieciséis pasos eran los que le habían separado de aquello. Siguió repitiéndose ese número continuamente. Ese número maldito que le llevaba a la condenación. El verdugo levantó los brazos. Dieciséis. Tan sólo era una cuestión de pasos.

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