viernes, 3 de julio de 2015

Momento eterno.

La noche era fresca. Pero con una chaquetilla con capucha la temperatura era perfecta. Nubes ligeras se arrastraban lánguidas por el negro cielo adornado con miles de puntitos blancos. De vez en cuando arropaban suave a la luna haciéndolas parecer translúcidos fantasmas que arrastrasen lentamente sus lamentos, sus cuentas pendientes. Sostenía entre sus dedos un porro. El humo se elevaba estilizadamente sinuoso. Su cabeza se acorchaba. Parecía que las nubes, cuyos bordes se iluminaban con la azulada luz de la luna, hubiesen bajado a acariciarle el entendimiento. Ella apoyó la cabeza sobre su hombro. El móvil sonaba con una canción bien elegida. Una canción que estaba compuesta para ese momento y ningún otro. Había sido compuesta para ellos y nadie más. Él le acarició la cara. Sus manos memorizaron su contorno. Cerró los ojos y dejó que aquella atmósfera eternizase ese momento.

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