viernes, 3 de julio de 2015

Como otoño.

Miraba las hojas caer. Caían dispersas, a intervalos no definidos y aleatorios. Una hoja le rozó el pelo. Se agachó y la cogió. Tumbada en su mano, la hoja le miraba rojiza. Amarillenta en ciertas zonas. Cerró el puño. Estaba correosa. No crujía. No crujía porque no podía. Todo lo que podía crujir de él ya lo había hecho . Y esa hoja era, ahora, una extensión de sí mismo. Soltó su presa y dejó que cayese hasta el suelo. Había llegado como llegan los carentes de cerebro a la Meca, como se acercan a la estatua de una de las mil vírgenes inventadas a besarla los pies, como llegan los que disfrutan de un váter en su cráneo a las urnas, había llegado de golpe y sin quererlo a un prematuro otoño. Por edad no le correspondía esa estación, pero por dentro no dejaba de llover. Vivía en una eterna estación otoñal. Cuándo terminaría. Cuándo podría salir.

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