domingo, 7 de diciembre de 2014

Menos mal que no hay priesa.

Un convoy de cinco mujeres maduras, cuya espalda rozaba la línea de la tercera edad, caminaban molesta e inoportunamente en el mismo sentido que él. Su paso era tan ligero como el de un cocodrilo que camina hacia el río después de la siesta. Las separaba una equidistancia  casi perfecta. El adelantamiento era improbable, porque la estrecha acera estaba cercada por una pequeña valla, y además era estrecha, sí, la acera. Había intentado sobrepasar a la más cercana a él, pero ya no es que su perímetro fuese atípico en un ser humano, sino que su peinado abultaba como cien salicores enredados. En un momento de distracción en el que aquella mujer se había hecho unos milímetros a un lado,  aprovechó para adelantarla. La tensión se mascaba. Podía notar cómo los pelos que quedaban fuera de la maraña le intentaban agarrar. Las bolsas del Corte Inglés, que contribuían a incrementar el área de efecto de la señora, también hicieron su aportación al entorpecimiento del adelantamiento. Una ráfaga de perfume con olor a chaquetón taponó sus fosas nasales. Por fin, lo consiguió y se situó justo delante del tráiler. Pero aún quedaban otros cuatro por adelantar. Se llevó la manga a la frente para enjugar su sudor. El calor de la tensión del momento comenzó a remitir dejándole sentir el desgarrador frío en su piel. Reflexionó un momento. No estaba seguro de querer jugarse su vida en ese momento y de manera tan innecesaria. Así que decidió permanecer en el penúltimo lugar del convoy y esperar a que el camino se ensanchase. Total, no tenía priesa.

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