miércoles, 12 de noviembre de 2014

Sola.

Reía. Jugaba con sus amigas que le pasaban el balón. Gritaban. Juntas aplastaban el agua de los charcos y se empapaban la falda. Cantaban. Sus trenzas negras volaban alegres. Miró hacia la pared de ladrillo. El chico que le gustaba estaba allí apoyado y le sonreía.
De repente, levantó la mirada. Una lágrima se arrojó desde su ojo y se deslizó por la suave mejilla. Estaba sentada sobre un poyete. Sola. Sus negras trenzas caían tristes sobre su pecho. Miró al patio y vio a esa manada de seres inverosímilmente felices. Ningún chico la miraba desde ninguna pared. Ninguna chica la buscaba para pasarle ningún balón. Bajó de nuevo la mirada. Las manos rezaban silenciosas entre las rodillas. Cerró los ojos y se prometió no volver a soñar jamás con las falsas emociones que no existían para ella.
Estaba sola y sola decidió permanecer.

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