miércoles, 4 de junio de 2014

Susurros.

Escuchó una muy suave  y bajísima voz junto a su oído. Se sobresaltó. Miró a su alrededor, pero ninguno de los pasajeros que tenía cerca ni lejos tenían pinta de haberle hablado, así que bajó la mirada y continuó con su lectura. Había pasado dos páginas, cuando volvió a oír un susurro, esta vez más cerca. Escuchó perfectamente la melodía de esa voz que se propagó por el laberinto de sus axones. Sin embargo, no fue capaz de entender nada, a pesar de que sabía que podría entender esos fonemas. Podría ser capaz de identificar esa voz en el barullo de cualquier muchedumbre, incluso siendo la segunda vez en su vida que la oía. Volvió a mirar confundido a su alrededor, pero ninguno de los pasajeros parecía reparar en él. Retornó al aislamiento de su lectura un tanto turbado, dejando que el tren le llevase de vuelta a casa. De nuevo. La voz, esta vez clara e intensa, comenzó a ronronear su suave armonía en su oído. Llegó a notar hasta el húmedo y templado aliento que hizo que el vello circundante protestase de placer. No le hizo falta levantar la vista y girar la cabeza para saber que ahí estaba, hablándole bajito. Tampoco quería ver, no quería oler ni palpar. Sólo quería que esa melodía siguiese transmitiéndole incomprensibles palabras que se transformaban en transparentes ideas cristalizadas, en pensamientos tan claramente reales como lo era aquella voz. Cerró el libro y salió del vagón. Sin voluntad, seguía actuando. Sin ver, caminaba. Totalmente inconsciente sabía perfectamente lo que hacía. Una figura turbia iba haciéndose cada vez más clara. Subió las escaleras de salida a la calle. Seguía a esa figura translúcida, humácea, que cada vez se hacía más sólida y densa. Como un sonámbulo callejeó detrás de ella, sin pensar, sin parar. El aliento en su oreja se transmitía cálido y meloso por dentro, esculpiendo por él sus pensamientos. Finalmente alcanzó a la figura en un portal. La agarró firmemente el cuello y apretó. La voz, ahora había desgarrado su suave textura y se había convertido casi en un chillido. Aquel aliento chirriaba en sus oídos, arañaba sus ojos por dentro, se arrastraba punzante por toda su cabeza. Seguía sin entender ni una palabra, pero un pensamiento se hacía cada vez más claro. Más firme. Más real. Siguió apretando. No paró. El sonido que le había dominado y que le ardía por dentro no le dejaba apenas escuchar los pequeños ruidos agónicos de su víctima. No le dejaba notar las manos que se aferraban fuertes a sus muñecas. No le dejaban ver los ojos descompuestos en lágrimas. De pronto, la voz cesó de golpe. Silencio. Un frío brutal le heló instantáneamente todo aquello que la voz le había tocado. La gélida sensación le llegó a la oreja que hacía unos instantes había estado arropada por un cálido vaho. Rápidamente se extendió por todo su cuerpo y cayó de rodillas. Se abrazó a sí mismo. La voz comenzó de nuevo a susurrarle suavemente. Le alzó la cabeza empujándole delicadamente la barbilla hacia arriba. No vio nada. Sin embargo, notó perfectamente el tacto de unos labios gélidos que le empujaban sutilmente los suyos. Sin más, dejó de notar la reconfortante presión sobre su boca. Se llevó los dedos a los labios y los notó húmedos. Una fina película de saliva los envolvía. Mientras la fría sensación desaparecía, podía escuchar perfectamente un eco en sus oídos. Una palabra que le transmitía un inconfundible mensaje. "Gracias".

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