domingo, 2 de marzo de 2014

Matando el amor

Los ojos no cabían en las cavidades cóncavas que siempre los habían sujetado. Las lágrimas fluían en pequeños surcos que se introducían impertinentes en las comisuras de la boca.
El pulso era convulso. De su nariz húmeda brotaba el líquido acuoso. Sus labios separados se unían por la mucosidad de la saliva enfermizamente ansiosa. Su puño se cerraba fuerte aferrando el mango. El velo negro de la locura cegó su mirada. Levantó tembloroso el cuchillo. Amenazante. Deciso. Decidido. Lleno de rabia y dolor descendió el arma. Ella se cubrió con el brazo. Ningún corte la alcanzó. Cuando se descubrió los ojos le vio. Agarraba su vientre sangrante mientras lloraba. Lloraba. No por el dolor de la herida que se acababa de abrir. Abrió la boca para decir algo, pero no dijo nada. Se fue. Se fue silencioso. Sin decirle lo que la había querido decir. Se fue sin no odiarla y se fue sin decirle que sabía de su traición.  Se fue sin reprenderla y sin despreciarla. Se fue dejando su cadáver como muestra del mal que había recibido. Ese fue su último regalo, su cadáver.

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