martes, 12 de noviembre de 2013

Chopin II.

Sus yemas pisaban suaves las teclas. Sus manos se deslizaban lánguidas arrancando lágrimas a cada cuerda martillada. No conocía físicamente al autor, pero cada nota que tocaba, cada frase, cada pieza, le describía a la perfección el alma que las había compuesto. Estaba enamorada de unas partituras. Enamorada de una pretérita existencia triste. De una sombra de luminiscencia incandescente. De una sombra ahogada de pena. De unas manos que habían sido capaces de recorrer las escalas con tal perfección. Cerró los ojos y siguió tocando mientras imaginaba que era aquel desconocido el que hundía las teclas y le regalaba su melancolía

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