miércoles, 7 de agosto de 2013

El hechizo.

La luz de una vela alumbraba la oscuridad. Una pluma entintada rasgaba el silencio. La respiración queda. Sus labios pronunciaban en silencio la secuencia de caracteres que iba caligrafiando en el papel. Impregnó el manuscrito en sangre. Lo acercó a la llama de la vela y permitió que ardiese. Entre las cenizas, los símbolos quedaron resplandecientes. Uno a uno se fueron evaporando con un destello plateado. En algún lugar de la inmensa biblioteca, un libro ancestral añadía una página a su índice. Una página de poderes impíos que serían de utilidad a aquel que guardase auténtico dolor en los rincones de su esencia.

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