jueves, 28 de marzo de 2013

Hacia el final II.

Ya no se escuchaban los gritos enfurecidos de hacía tan sólo unos instantes. Ya no había rabia. Ahora sólo oía gemidos. Quejidos y súplicas de ayuda. Tullidos. Amputaciones. Perforaciones. Miró al suelo, y donde no había cadáveres veía charcos de sangre, negra en la oscuridad de la noche. Y donde no había charcos de negra sangre, veía cadáveres. Aflojó su mano y dejó caer su hacha al suelo. Se puso de rodillas y subió la mirada. A través de la mapara lacrimosa veía la luna borrosa. Ni siquiera esos cientos de muertes que cargaba sobre su conciencia habían sido suficientes para pacificar su alma. En su cabeza seguía tatuado el olor, el tacto, la silueta, la tersura, la ondulación y la sonrisa de lo que más quería, había querido y querría en su vida. Se puso en pie, y sin esperar a nadie y omitiendo el recuento de bajas, comenzó a caminar por el mar de sangre. Andó dejándose guiar por la imagen que le había acompañado toda la batalla. Alcanzó la costa. No se detuvo. Continuó hacia el océano. Hundió los pies. Los tobillos. Rodillas. Cintura. Y así, sin borrar de su cabeza la imagen de la esposa que todo ese sin sentido se había llevado, se dejó arrastrar hacia el final.

No hay comentarios: