sábado, 11 de febrero de 2012

El piano, la joven y la oscuridad.

Ella no era como las demás vidas que se había bebido. Su pelo era capaz de iluminarle con la intensidad del sol pero sin dañarle. Su cuello alargado desembocaba en unos hombros perfectamente delineados por una finísima capa, casi transparente, de piel. El rostro, de trazos marcados y rectilíneos, vestía un pálido que hacía brillar los finos labios en intenso rojo.
Cada noche, desde hacía ciento, la admiraba desde el balcón a través del gran ventanal. Las cortinas de cuidada bordadura, pendían suaves como un velo que cubre el rostro de la novia en el altar.

Sus finísimos dedos se deslizaban delicados por las teclas del piano, mientras el décimo vals de Chopin atravesaba la estancia hasta el balcón y llenaba sus sentidos. Degustaba cada nota como si estuviese bebiendo de su cuello.

Ella sabía de su existencia desde la primera noche que él, en silencio, la observaba. Jamás le había visto, ni siquiera cuando desviaba sus ojos del piano hacia el ventanal. Pero él la acariciaba sin tocarla. Notaba sus manos deslizándose frías y suaves desde su mejilla hacia el mentón. Descendiendo por su cuello y alcanzando la comprometida bajada hacia su pecho pero sin llegar nunca a él. Así era cada noche mientras el piano despedía sus sombrías melodías iluminadas por una débil y enfermiza luz que se desprendía de las velas que un anciano candelabro abrazaba sobre el instrumento.

Aquella noche fue diferente. La gran ventana estaba ligeramente abierta. Una fina ranura separaba ambas puertas dejando pasar el aire que suavemente mecía las blancas telas con ondulante movimiento. Así es como esa noche la joven de dulce virtud se entregaba al amor invisible y peligroso.

Aquella noche volvió a notar sus frías manos acariciándola. Aquella noche, ante el piano, dejó de tocar y llevó despacio su mano hacia el hombro. Allí notó la mano de él. Dura. Fría. Suave. Cerró lentamente los dedos en torno a ella e inclinó la cabeza dejando su reluciente cuello a merced.

Los labios de él aceptaron el voluntario ofrecimiento. Mientras, el ulular de las lechuzas le dedicaba una marcha siniestra y triste al amor.

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